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Cádiz, la belleza está en el interior

La ciudad es plata, y es sol, luz, alegría y vida


Cádiz

No puede decirse que Cádiz sea una ciudad bonita, pero podría aplicársele aquello de que la belleza está en el interior. En su caso esta apreciación se antoja algo más que una certeza: Cádiz es bella por dentro, en sus rincones, en sus plazas casi escondidas y, muy especialmente, en la generosidad y simpatía de sus gentes.

A Cádiz le importan un bledo las líneas rectas, y por eso las calles son curvas como contorsionistas, con mil y una esquinas, mostrando y escondiendo lo que se adivina que debe ser el final, un final que giro tras giro da la impresión de que no se alcanzará nunca.

Y de pronto, tras otro recodo, como un espejismo, se muestra una pequeña plaza, como de cuento, con sus arbolitos, sus bancos, sus vejetes que parlotean y una señora que grita no sé qué a la vecina del primero. Y esa paz que huele, ese es el perfume de Cádiz, la paz de sus plazas, de la Candelaria, de la Alameda Apodaca. Allí, entre azulejos, bustos y placas que recuerdan la historia de un país que una vez fue un país y se hizo grande haciendo grandes a los hermanos de América, es allí entre el chisporroteo del agua de una fuente donde un pescador intenta alcanzar su presa y, a su lado, un gaditano ocioso te mira de soslayo y de pronto, sin que tú le preguntes, te explica que aquello que ves al fondo es El Puerto, y que había un vaporsito que hacía la travesía, pero un día se fue al carajo y ahora hay un catamarán, sí va más rápido, pero ya no es lo mismo.

De Cádiz, la Catedral, esa hermosa cúpula que se levanta sobre las torres vigías para mostrar que es la señora que mira al Atlántico. De Cádiz, La Viña, barrio de barrios, donde una boda gitana puede tener tanta expectación como un partido en el Ramón de Carranza, o en la soledad de una terraza alguien se te acerca para asegurarte, y se lo juro por mi niño, que no ze preocupe, que aquí nadie le va a robá.

Y ese zapatero que habla mientras ladea la cabeza y levanta el hombro, que si no ladeas la cabeza al hablar es que no eres de Cádiz, pero si la inclinas hacia un lado y a la vez yergues el hombro al terminar cada frase, entonces eres un pisha con pedigrí, eso sí, siempre ahorrando unas letras por aquí y por allí, que las frases hay que hacerlas breves, como es la vida, y no estamos aquí para perder el tiempo. Sigue ese zapatero clavando las pequeñas puntas en la suela mientras suena de fondo el Camarón, y explica que él lo conoció, y que ese, el Camarón de la Isla, sí que era un maestro.

Cádiz es plata, y es sol, luz, alegría y vida, y la vida en Cádiz viaja en autobús, en ese mismo en el que un quillo con el pelo a lo Antonio Mairena cede su sitio a una mujer, que en Cai la mujer manda mucho, y en ese autobús suena una música que ya le gustaría a Falla haber compuesto, porque sus notas son palabras lanzadas al aire a velocidad de vértigo, sonidos que discuten, se cuentan la vida entre parada y parada y advierten al conductor que no arranque, que eta zeñora va a tardá un ratito en bajá, y quien lo dice ladea la cabeza y levanta el hombro, no hay duda, es un pisha con pedigrí.

De Cádiz, El Mentidero, y ese camarero que te atraviesa con una retahíla de pinchos, tapas y tortillas de todos los sabores, como los helados italianos que en Cádiz llegan con el buen tiempo y se van cuando quieren; como se fueron los cañonazos de los gabachos, que en vez de causar pánico servían para aderezar chirigotas.

Cádiz es tan grande que escribió en mayúsculas la palabra Libertad, y es tan suya que, a pesar de su grandeza, cabe donde quiere, incluso entre las cuatro paredes del Loanca, que es como el patio de la casa de El Séneca, donde se va hablar de la vida, que con unas papas aliñás o con unos shoco pransha se lleva mucho mejor, y te digo que hay mucho pisha con pedigrí en el Loanca, y los que no somos de Cádiz vamos a ese aula a aprender, hacemos cursos intensivos de la filosofía gadita, que ya se la enseñaron al Tarik y al Musa cuando asomaron por allí.

Cádiz se mece y se estremece con una procesión, alterna entre el golpeteo de los cayados y una voz que salta sobre la multitud para decirle a su virgencita que es la más guapa, y la Virgen allí arriba, acurrucada en su manto, ladea la cabeza y yergue un hombro, y es que, ya te digo, en Cádiz hasta la Virgen es pisha con pedigrí.

Cádiz se ríe de todo, y de ella misma, que es como hay que reírse, porque lo gracioso y lo absurdo empieza en nosotros, y aquí la risa comienza en Cortadura y da la vuelta, como quien rodea un taburete, siempre mirando al mar, mirando lejos, porque su sol y su vida llegan a África, a América o a donde quieran los gaditanos. Cádiz sonríe, lo hace desde la Caleta, para que los marineros sepan que ese es su faro, el de la vida, el de la alegría, el faro más pisha que puede haber, y es que no todo el mundo puede ser de Cádiz, pero todo el mundo puede sentirse gaditano. Que sí quillo.


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